En el momento en que me tiré a la cama, Kentin entró corriendo la puerta con violencia. Jamás lo había visto así: tenía el ceño tan fruncido que creí que sus cejas se partirían a la mitad y los dientes muy apretados. Llevaba entre los dedos mi anillo de compromiso y su mano derecha crujía por la fuerza con la que apretaba el guante de cuero.
—¿¡Qué mierda significa esto, Annie!? —bramó mientras sostenía el anillo—. ¿¡Acaso me estás confirmando que no quieres casarte!?
—¡No puedes estar más cieg