La mansión estaba en silencio.
En completo silencio.
Al cruzar el umbral de la mansión, supe que Kilian había cumplido su palabra al pie de la letra.
Él no estaba allí.
No había rastro de su presencia, ni tampoco la de Kaiser.
Y la ausencia del perro fue el golpe que me terminó de destrozar; era como si se hubiera llevado hasta el último eco de calor y vida del lugar.
Me había dejado la jaula de oro, pero el león se había marchado con todo lo esencial.
Subí a la habitación y obser