Capítulo 63 — No te voy a rogar.
La luz de la mañana se colaba entre las cortinas como un martillo sobre mis pupilas.
Un dolor sordo y persistente latía en mis sienes, y cada músculo de mi cuerpo protestaba al moverme aunque fuera un milímetro.
Me senté con dificultad en la cama vacía y me sorprendí por ese detalle.
Kilian no estaba.
Y él siempre, siempre estaba en las mañanas.
Al llevarme la mano a mi ceja, sentí la aspereza de una venda adhesiva en ella. Y fue entonces que, como un torrente, volvieron los recuerdos