El invierno se instaló en Nueva York. Enero no pedía permiso: tomaba las esquinas, el Hudson, el aliento visible de los peatones en la Quinta Avenida.
Luciana cumpliría veintidós en pocas semanas. Afuera: cuatro grados. A las nueve: junta. Y el mundo de apellidos y balances —hombres que miran el reloj antes de mirarte a los ojos— intentaría sorprenderla con alguna variación del mismo juego.
No lo lograrían.
La sala de juntas del piso cuarenta y dos del Sterling Building seguía teniendo la misma