El contrato descansaba sobre el escritorio de la biblioteca como si fuera un animal muerto. Trescientos cuarenta millones de dólares. Dos rúbricas. Cuatro testigos. Una sola sonrisa de Luciana Sterling, fría y exacta.
Richard había asentido. Ese gesto, breve e involuntario como un latido, valía más que el dinero. Luciana lo había archivado mentalmente con la misma precisión con que archivaba los demás triunfos: sin celebración, sin testigos emocionales, sin ruido.
Habitación que había vuelto a o