Lucía
Han pasado dos días desde el envenenamiento y aunque mi cuerpo se siente más liviano, la tensión sigue anclada en mi pecho.
Mi cuerpo sigue sintiéndose extraño, como si cada movimiento demandara el doble de esfuerzo. A pesar de ello, sé que no puedo seguir en esta habitación escondida.
Me observo en el espejo del tocador, mientras me envuelvo en mi kimono de seda, la tela suave es lo único que me da una sensación mínima de confort. Veo mi rostro pálido y las ojeras todavía marcadas por e