Dante
Miro la empleada infiltrada, atada a la silla en el sótano de la mansión. La habitación está en penumbra, solo iluminada por una única lámpara colgante. La mujer tiembla visiblemente, con la mirada baja y el rostro pálido por el miedo.
Yo me encargo de mantenerme en las sombras, mi voz cortante y baja:
—Empieza a hablar. ¿Quién te pagó? ¿Quién te dio la orden?
La mujer solloza, su voz temblorosa:
—No lo sé… no sé quién era. Solo recibí instrucciones en un sobre… dinero y una carta…
La rabi