Antonio Bellucci estaba parado a pocos pasos de mí, su figura elegante destacándose entre los invitados. Con una sonrisa calculada que no llegaba a sus ojos, extendió una de las dos copas de champagne que tenía en mi dirección.
—Una mujer como tú no debería estar sola en una fiesta como esta —comentó, su voz suave como terciopelo, pero con una nota que me hizo sentir un escalofrío incómodo en la columna.
—Gracias, pero prefiero agua esta noche —rechacé educadamente, levantando mi copa casi vac