El jardín de la mansión se había transformado en un escenario de fiesta infantil perfecto. Globos coloridos decoraban cada rincón, una mesa larga estaba repleta de dulces tradicionales argentinos, y la torta de cumpleaños con forma de autito —pasión actual de Matteo— ocupaba el lugar de honor en el centro de todo. El sonido de risas de niños mezclado con conversaciones animadas de los adultos creaba la banda sonora ideal para la celebración de un año de vida de mi sobrino.
Matteo estaba radiante en su ropita de fiesta, un enterito azul marino con tirantes que lo hacía parecer aún más adorable. Caminaba con pasos temblorosos pero determinados entre los invitados, deteniéndose ocasionalmente para mostrar algún juguete nuevo a quien quisiera prestar atención. Ginger lo seguía fielmente, como si hubiera asumido el papel de niñera canina oficial, siempre atenta para que no se alejara mucho o tropezara.
—Mira esto —dijo Bianca, acercándose a mí con dos copas de espumante en las manos—. Gin