No fue un beso romántico ni cariñoso. Fue abrupto, firme, lleno de toda la tensión que se había acumulado entre nosotros a lo largo de semanas de juegos corporativos y sentimientos no expresados. Era un beso cargado de frustración, de deseo reprimido, de rabia, de todas las palabras que no podíamos decir y de todos los sentimientos que habíamos intentado racionalizar.
Nate correspondió inmediatamente, como si ese gesto hubiera roto la última barrera de control que mantenía. Sus manos subieron p