No fue un beso romántico ni cariñoso. Fue abrupto, firme, lleno de toda la tensión que se había acumulado entre nosotros a lo largo de semanas de juegos corporativos y sentimientos no expresados. Era un beso cargado de frustración, de deseo reprimido, de rabia, de todas las palabras que no podíamos decir y de todos los sentimientos que habíamos intentado racionalizar.
Nate correspondió inmediatamente, como si ese gesto hubiera roto la última barrera de control que mantenía. Sus manos subieron para enmarcar mi cara, los dedos enredándose en mi cabello, y su cuerpo se presionó contra el mío con una intensidad que parecía una respuesta física a todo lo que habíamos evitado hablar.
El beso se fue haciendo más profundo, más urgente. Cada respiración era corta, pesada, y cada toque parecía más una confesión silenciosa que cualquier frase que pudiéramos haber dicho. Sus manos descendieron lentamente por mi cuerpo, firmes y seguras, como si ya no hubiera espacio para la hesitación.
No sé qu