Dos meses habían pasado desde la cena con los franceses, y las cosas finalmente parecían estar encajando.
El otoño londinense había llegado con fuerza total, pintando Hyde Park con tonos dorados y rojos que podía ver desde la ventana de la oficina. Las mañanas estaban más frías, exigiendo abrigos pesados y bufandas, y las tardes oscurecían cada vez más temprano. Me había acostumbrado al ritmo de la ciudad, al té de las tres de la tarde que Bianca insistía en tomar religiosamente, y a los autobu