—Comida primero —dije, alejándome con fuerza de voluntad que no sabía que poseía—. Diversión después.
Sonrió, esa sonrisa traviesa que siempre me hacía olvidar mi propio nombre.
—Está bien. Pero solo porque realmente estoy hambriento. Y no solo de ti.
Me di vuelta para terminar los platos, pero sentí sus manos en mi cintura nuevamente. Intenté concentrarme en el risotto, pero era imposible ignorar el calor que irradiaba de su cuerpo o la forma en que sus dedos trazaban pequeños círculos en mi piel a través de la tela del vestido.
—El risotto se va a pegar a la olla si no revuelvo —protesté débilmente, pero ya me estaba derritiendo en sus brazos.
—Entonces revuelve —susurró contra mi oído—. Yo me quedo aquí mismo.
Intenté obedecer, tomando la cuchara de madera para revolver el arroz, pero cuando sus manos encontraron la curva de mis caderas, mi concentración se deshizo completamente. La cuchara casi se resbaló de mis dedos cuando mordisqueó suavemente el lóbulo de mi oreja.
—Me e