Estaba revisando los reportes financieros del trimestre cuando Marco entró a mi oficina con una expresión que reconocí inmediatamente. Era la misma cara que hacía cuando éramos niños y había roto algo valioso del Nonno.
—Necesitamos hablar —dijo, cerrando la puerta detrás de sí con más fuerza de la necesaria.
—Buenos días para ti también —murmuré, sin quitar los ojos de los números en la pantalla de la computadora—. ¿Qué pasó esta vez? ¿Más problemas con los contratos europeos?
—Peor. —Marco se dejó caer en la silla frente a mi escritorio, su corbata ligeramente torcida y el cabello revuelto como si hubiera pasado las manos por él varias veces—. Mucho peor.
Algo en el tono de su voz me hizo finalmente levantar la mirada. Marco rara vez se alteraba verdaderamente, especialmente por cuestiones de negocios. Su especialidad era mantener la calma en situaciones de crisis.
—¿Qué pasó?
Vaciló por un segundo, luego sacó la tablet que llevaba y la deslizó por el escritorio en mi dirección