Estaba revisando los reportes financieros del trimestre cuando Marco entró a mi oficina con una expresión que reconocí inmediatamente. Era la misma cara que hacía cuando éramos niños y había roto algo valioso del Nonno.
—Necesitamos hablar —dijo, cerrando la puerta detrás de sí con más fuerza de la necesaria.
—Buenos días para ti también —murmuré, sin quitar los ojos de los números en la pantalla de la computadora—. ¿Qué pasó esta vez? ¿Más problemas con los contratos europeos?
—Peor. —Marco