— No sé qué hacer. — repitió Christian, sin apartar sus ojos de los míos, la vulnerabilidad en su mirada casi dolía. — ¿Qué quieres hacer tú, Zoey?
La pregunta flotó entre nosotros por apenas un instante antes de que la respuesta se cristalizara en mi mente. Sentí un calor familiar extenderse por mi cuerpo, una necesidad primitiva que suplantaba cualquier duda o vacilación.
Dejé que una sonrisa lenta y deliberadamente provocativa se formara en mis labios. Sin responder con palabras, tomé su mano y lo jalé hacia el rincón más alejado del mirador, donde las sombras eran más densas y las paredes de madera creaban un refugio casi completamente oculto de los senderos de abajo.
— ¿Zoey? — Su voz tenía una nota de confusión, aunque sus ojos ya se oscurecían con la comprensión de lo que tenía en mente.
Presioné mi cuerpo contra el suyo, sintiendo de inmediato su respuesta física. Mis dedos se deslizaron por su pecho hasta alcanzar su nuca, atrayéndolo más cerca.
— Ahora mismo — susurré co