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Wilson siguió observando el despacho en silencio mientras Ariadna permanecía inmóvil cerca del escritorio intentando controlar el temblor de sus manos. La sensación de que Dante había estado allí hacía muy poco tiempo le provocaba algo imposible de explicar. Era esperanza, sí, pero también ansiedad. Una horrible ansiedad que le apretaba el pecho cada vez que miraba la taza sobre el escritorio o el cigarrillo abandonado en el balcón.

Porque todo indicaba lo mismo.

Dante había regresado.

Y ella h
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