Alejandro estaba esperando justo en la puerta principal del salón privado que alquiló para su hija. Había un camino lleno de rosas que se adentraba hacia el altar dónde Rafael estaba esperando.
Su hija bajó del vehículo con ayuda de su viejo amigo, Miles. Él se la entregó a su padre, quién la veía con una orgullosa sonrisa.
—Mi niña, estás preciosa —comentó.
—Gracias, papá —Agradeció—. ¿Y Victoria?
—Está lista para llevar a cabo su papel esta tarde —informó.
Mónica se aferró al brazo de su