Rafael estaba de pie, con firmeza y determinación en su mirada. Lo menos que planeaba era verse débil ante sus enemigos, ni ante su hija.
Se preguntaba por qué Victoria mostraba tanta calma al lado de David, luego le preguntaría.
—¡El maldito maletín! —ordenó Rowena—. ¡O me llevo a la niña!
—Veo que tu madre se volvió mucho más insistente que tú, David —bromeó el castaño, dejando el maletín en el suelo.
El recién nombrado se mofó, divertido.
—Salí igual a ella —dijo.
Rowena estaba cansada