No podía soportarlo. Cada una de sus palabras era un latigazo que me recordaba la magnitud del desastre que yo mismo había provocado. Merecía su enojo, merecía su rechazo y mil veces su indiferencia, pero mi alma se negaba a aceptar que este fuera el final. Si no pude olvidarla en un año, ¿cómo iba a hacerlo ahora? Estaba destinado a amarla, condenado a buscarla incluso si ella misma ponía un océano de distancia entre nosotros. Deseaba con una fuerza desesperada que ella quisiera volver a amarm