El nudo de la corbata se sentía como una soga alrededor de mi cuello. Estaba en el umbral de la biblioteca, observando cómo el reloj de pared marcaba cada segundo con una precisión tortuosa. Había intentado convencerme de que esta noche era solo un movimiento táctico, una pieza más en el tablero de mi venganza, pero el peso en mi pecho decía lo contrario.
—Pensé que estaba listo. Se nos hará tarde —la voz de Karina me sacó de mi estupor.
Me giré lentamente. Ella estaba allí, de pie, envuelta