El nudo de la corbata se sentía como una soga alrededor de mi cuello. Estaba en el umbral de la biblioteca, observando cómo el reloj de pared marcaba cada segundo con una precisión tortuosa. Había intentado convencerme de que esta noche era solo un movimiento táctico, una pieza más en el tablero de mi venganza, pero el peso en mi pecho decía lo contrario.
—Pensé que estaba listo. Se nos hará tarde —la voz de Karina me sacó de mi estupor.
Me giré lentamente. Ella estaba allí, de pie, envuelta en una elegancia que me robó el aliento. Se veía tan diferente cuando se maquillaba, resaltando esa belleza que en el día a día intentaba ocultar tras su sencillez. Sin embargo, verla al natural seguía siendo mi debilidad; me hacía falta esa sonrisa que yo mismo me había encargado de apagar. Me miró sin verme realmente, con una frialdad que me dolió más que cualquier insulto de mi primo.
—Pensé que ya no ibas a ir, no es necesario, Kary —dije, mi voz sonando más cansada de lo que pretendía.
—C