Jonathan ni siquiera parpadeó ante el estallido. Se quedó allí, inmóvil, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de sastre, observándola con una calma que resultaba insultante.
—No te estoy cobrando Elizabeth, ya te dije lo hice porque era una deuda impagable para ti. Te van a liquidar hoy mismo a si que ya no tienes preocupaciones.
—¿Por qué lo haces? Te quejas que las mujeres te ven como cheque de banco y vas y pagas mi deuda.
—No me pediste que lo hiciera, lo hice porque quier