Llegamos a un hotel de lujo en las Bahamas, y la brisa marina acariciaba nuestras pieles, prometiendo aventuras y placeres. Ares, siempre generoso, se adelantó y pagó por la estancia. Al enterarnos de que solo había dos habitaciones disponibles, intercambiamos miradas cómplices. Demon y yo nos dirigimos a nuestra habitación, un espacio elegante decorado con tonos suaves y vistas al océano.
—No puedo creer que estemos aquí —dije, dejando caer mi bolso sobre la cama y sintiendo la suavidad del e