Al día siguiente, nos reunimos en la mesa para desayunar con la manada. El aroma del café recién hecho y de los platillos deliciosos llenaba el aire, haciendo que mi estómago rugiera de anticipación. La mesa estaba repleta de opciones: panes recién horneados, frutas frescas y, por supuesto, una gran variedad de platos típicos coreanos.
La madre de Demon se sentó a mi lado, su rostro iluminado por una sonrisa cálida.
—Luna, querida, estoy tan feliz de que estés con mi hijo. —dijo, sirviéndome