Aunque ya había decidido esperar, Celine seguía nerviosa e impaciente. Hacía bastante tiempo que no sentía este nivel de ira.
Justo cuando su irritación estaba a punto de apoderarse de ella, sonó su teléfono. No pudo evitar sentirse eufórica cuando vio el identificador de llamadas.
—¡Alex!
—Escuché que estás en mi casa, tía Celine —afirmó Alexander con frialdad—. ¿Por qué no me informaste antes para que pudiera hacer los arreglos?
—¿Qué preparativos necesitas hacer? ¡Soy tu tía! Estaba