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Estaba tumbada en la cama con las piernas bien abiertas, los dedos todavía resbaladizos entre mis muslos. Mi corazón no dejaba de acelerarse. Aunque me había corrido dos veces, seguía pensando en él. Mi hermanastro. El que me quitó la virginidad en mi cumpleaños número 20 como si fuera nada.
Entró tan rápido, gruñendo como un animal, y se terminó en menos de dos minutos. Sin besos, ni caricias, ni cariño. Cuando se apartó de mí se rio y dijo: «Fue… aceptable, ¿no? No todas las chicas hacen u