—Maya, tráeme mi teléfono —le pidió Emmagia a su asistente.
—¿Cuál, señora?
—El que escondí en la carpeta negra.
Emmagia seguía pareciendo frágil. Tenía el rostro pálido como la muerte y sentía molestias en el pecho. Pero había cosas que no podía dejar sin terminar. Si moría de repente, todo por lo que había luchado no podía acabar en vano.
Su querido hijo siempre estaría con ella en las buenas y en las malas.
Maya le entregó el celular negro cubierto de silicona. —Gracias.
Emmagia a