Lo último que recordé, que sería lo que me quedaría en la mente por mucho tiempo, era el sonido de los gruñidos. Era un ruido de muerte, los colmillos se cerraban apretando mi piel, me estaban mordiendo, sus garras querían cortarme como cuchillos y sus ojos, ansiaban devorarme del todo.
No podía hacer mucho para defenderme, los lobos eran tan fuertes que no lograba siquiera poder moverlos o intentar escapar. Comenzaron asfixiándome, el dolor de los cortes era grande y mi cuerpo empezó a sangrar