Grace
Sabía que no debía hacer esto aquí, nada menos que en su oficina, pero, Dios, no podía detenerme. Estaba demasiado excitada. Mucho más que excitada. Las pantaletas ya estaban húmedas y cada roce de su verga contra mí volvía más difícil ignorar el ansia.
Hice una mueca de placer, le rodeé el cuello con fuerza y me mordí el labio, desesperada por contener cualquier sonido. ¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Dos minutos? ¿Más? Ya ni siquiera podía calcularlo. Lo único que sabía era que ese hombre l