Apollo
Me recosté en la silla y fruncí el ceño mientras estudiaba al hombre sentado frente a mí. Él, en cambio, parecía demasiado relajado y mantenía una sonrisa confiada, como si ya hubiera decidido que todo saldría a su favor. Se inclinó hacia delante, con los dedos apoyados despreocupadamente sobre la mesa. Me observaba con un brillo de interés en los ojos, como un depredador seguro de que su presa ya no tenía adónde huir.
—Entonces, ¿qué le parece...?
—No.
Mi voz resonó en la sala de juntas.