Grace
La tos me vino de la nada. En un segundo estaba bien y al siguiente me ardía la garganta; me ahogaba con el aire y tosía con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—Por Dios, ¿estás bien? —El señor Reed sonaba alarmado, pero no pude responder.
Intenté asentir y hacerle un gesto con la mano para restarle importancia, pero otro violento ataque de tos me sacudió. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Tomé la copa de vino de la mesa y me la bebí de un trago. El líquido me ardió al bajar por la