–¡Bájame! –ordenó de repente.
–¿Qué?
–Que me bajes –repitió con fuerza al mismo tiempo que se movía.
–¡Cálmate! Nos harás caer a los dos.
–Entonces, bájame.
–No seas infantil, te llevare a tu habitación.
–Yo puedo sola.
–Lo dudo…
Se vieron a los ojos con desafío, si, estaba ebrio pero aún era consciente de lo que pasaba a su alrededor y eso era la aparente caricia que la chica le propició al deslizar su mano por sus pectorales. No dijo nada, es más, se hizo el tonto cuando noto sus meji