Bajé las escaleras tan rápido que llegué al auto jadeando. Abrí la puerta y me senté en el asiento trasero.
- ¿A casa, señor? preguntó Anon, mirándome por el espejo retrovisor.
Tomé una respiración profunda, una y otra vez, tratando de recuperar el aliento:
- Hogar... Mi hogar. Dije, recostándome en el banco.
Giré la cara y vi, aún con la poca luz, el grafiti de la “loca no clasificada” en la fachada de su edificio.
Loco, sí… Descalificado, no sé qué diablos significaba eso, pero estuvo mal… As