Me quedé dormido en algún punto de la noche, quizás por el mismo cansancio que causa llorar por horas y horas sin descanso alguno. Me levanté más cansado de lo que me acosté, con un dolor de cabeza terrible y los ojos ardiendo, como si me los hubieran quemado a quemarropa y un insaciable vacío en el pecho que me dejó ese sueño tan real, pero falso que tuve con la mujer más dulce y amorosa que he tenido el gusto de conocer y amar con todas las fuerzas de mi ser.
Me adentré a la ducha sin pensarl