—¡Yo te puedo amar, solo dame la oportunidad! Te di eso que tanto querías y soñabas. Solo te pido una para que seamos felices juntos.
—Muy, pero muy tarde, cosita preciosa — sonreí ladeado, trazando con la punta de la hoja su rostro hasta llegar a su cuello—. Ahora eres un completo estorbo en mi mente y en mi vida.
Tragó saliva y siguió suplicando para que no le hiciera nada. El dolor de la perdida de mi hijo se mezcló con la rabia. Las lágrimas de Emma me cegaron por completo. Ese dolor y angu