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Daniel.
Me desperté fingiendo que el día podía ser normal. Normal significaba café a las seis, una lista mental antes de levantarme, revisar la cuerda del muelle, arreglar la bisagra de la puerta del porche, huevos a las ocho, y que los tres nos moviéramos como una máquina bien ensayada. Lo normal era predecible, y lo predecible era seguro. Pero lo que pasa con el ritmo es que, una vez que sientes un compás diferente, tus manos empiezan a marcarlo en la mesa, quieras o no.
Después de la despe