El silencio entre Amelia y Matías era denso, cargado de significados no expresados. Ninguno de los dos apartó la mirada, como si estuvieran esperando que el otro diera el primer paso, que rompiera esa barrera invisible que los mantenía en vilo.
Matías exhaló con suavidad y tamborileó los dedos sobre la mesa.
—No quiero presionarte, Amelia —dijo en un tono bajo—, pero tampoco quiero fingir que nada ha pasado.
Amelia bajó la vista a su taza de café, girándola levemente entre sus manos.
—No se tra