Mundo ficciónIniciar sesión¿Era mi cabeza en ese plato? La cabeza de la gallina, sin cresta, lengua ni ojos, me miraba fijamente –aún con los párpados cerrados– transmitiéndome una especie de mensaje telepático: “Estás jodida, Clarita. Huye, huye antes de que te tuerzan el pescuezo a ti también”. Ya era tarde. El dedo anular de mi mano izquierda lucía un precioso anillo de compromiso. Tía Amanda, muy entusiasmada, repartía a t







