Inicio / Romance / Cita falsa con el Sr. Mendoza / El arte de fingir (y no morir en el intento)
El arte de fingir (y no morir en el intento)

PUNTO DE VISTA DE CHARLOTTE

Apoyé las manos con fuerza contra la gélida encimera de mármol del baño del Serendipity Palace, tratando de controlar el temblor de mis manos. Me miré al espejo. Mi reflejo parecía el de una mujer que acababa de aceptar un trato con el mismísimo diablo vestida de rosa palo.

—A ver, Charlotte, respira —me ordené a mí misma en un susurro—. Solo es una cena. Solo es un trato. Vas a fingir ser la novia de tu jefe multimillonario, ganar un dineral, salvar tus finanzas y conseguir un ascenso. Es un plan sin fisuras.

Excepto por el pequeño detalle de que mi jefe era Winston Mendoza: un hombre tan exasperantemente atractivo como insufrible, y con un ego que no cabía en este restaurante de cinco estrellas.

Me acerqué al espejo para evaluar los daños de mi maquillaje. El pintalabios carmesí se me había corrido un milímetro por la comisura. Decidida a solucionarlo, coloqué la mano bajo el grifo de diseño futurista. No había manivelas, solo un sensor dorado que parecía sacado de una nave espacial.

Pasé la mano. Nada.

La pasé de nuevo, más lento. El grifo permaneció completamente mudo, burlándose de mi existencia.

—¿En serio? ¿Incluso los baños de los ricos me discriminan por ser clase media? —gruñí, acercando la cara para buscar el maldito sensor.

¡ZAS!

El grifo no solo se activó, sino que liberó un chorro de agua a una presión tan brutal que parecía una manguera contra incendios. El agua golpeó el lavabo de porcelana y salió rebotada directamente hacia mi pecho, empapando el escote de mi vestido rosa palo en un segundo.

—¡Mierda! ¡Agua va! —chillé, dando un salto hacia atrás mientras tropezaba con mis propios tacones de aguja.

Para colmo, mi movimiento brusco activó el dispensador automático de jabón de lujo, que disparó una generosa dosis de espuma perfumada con olor a sándalo directamente sobre mi hombro desnudo.

Allí estaba yo. Supuestamente la futura y sofisticada "novia" del CEO más codiciado de la ciudad, de pie en un baño de lujo, empapada, cubierta de espuma de diseñador y con el rímel en peligro de extinción.

Pasé los siguientes cinco minutos peleándome contra el secador de manos de aire caliente, que hacía un ruido ensordecedor y amenazaba con dejarme el pelo como si hubiera metido los dedos en un enchufe. Cuando por fin logré quedar medianamente decente —aunque con una sospechosa mancha de agua circular justo en el centro de mi pecho—, enderecé la espalda, alcé la barbilla y salí del baño con paso firme.

Si iba a hacer esto, lo haría con dignidad. Aunque pareciera que acababa de sobrevivir a un naufragio en un spa.

Cuando regresé a la mesa, Winston estaba exactamente en la misma postura en la que lo había dejado: apoyado contra el respaldo de cuero, haciendo girar lentamente su vaso de whisky con una elegancia que resultaba casi insultante.

Al verme llegar, sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo. Su mirada se detuvo, con una precisión milimétrica, justo en la enorme mancha húmeda que adornaba mi vestido. Una de sus cejas oscuras se elevó de inmediato, y la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa exasperantemente divertida.

—Veo que ha tenido un encuentro cercano con la tecnología del Serendipity, señorita North —comentó con su habitual voz profunda—. ¿Debo llamar al equipo de seguridad para que detengan al lavabo, o ya han firmado la tregua?

—El grifo ha iniciado las hostilidades, señor Mendoza, pero yo he tenido la última palabra —respondí con mi tono más profesional, dejándome caer en la silla frente a él—. Es un diseño conceptual. Se llama "estilo húmedo de oficina". Debería estar familiarizado con las tendencias modernas.

Winston soltó una carcajada corta y ronca que me erizó los vellos de la nuca. Apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante, reduciendo la distancia entre nosotros. El embriagador aroma de su colonia, mezclado con el sándalo y el roble del whisky, invadió mis sentidos de inmediato.

—Me gusta su actitud, Charlotte. Sin embargo, si va a ser mi novia el sábado por la noche, no podemos permitir que asista a la gala pareciendo que ha cruzado un río a nado. Necesitamos establecer las reglas del juego.

—Exactamente. Las reglas —coincidí, cruzándome de brazos—. Porque no pienso dar un solo paso en esa gala sin que tengamos un contrato verbal claro de lo que está permitido y lo que no.

—Soy un hombre de negocios, señorita North. Los contratos son mi especialidad —dijo, con un brillo peligrosamente divertido en los ojos—. Exponga sus cláusulas.

—Cláusula número uno: Contacto físico estrictamente limitado —declaré, señalándolo con el dedo—. Nada de toqueteos innecesarios. En público, permito que me tome de la mano, y tal vez un brazo alrededor de la cintura si vemos que Vanessa o Mila nos están observando directamente. Pero nada de besos sorpresa, nada de caricias improvisadas, y bajo ninguna circunstancia intente pasarse de la raya.

—¿Y si la situación lo exige? —preguntó él, ladeando la cabeza con una sonrisa de lo más descarada—. Imagine que Mila se acerca a felicitarnos con esa sonrisa de superioridad que tanto le gusta poner. ¿No cree que un beso apasionado vendería mejor nuestra... inmensa felicidad?

—En ese caso, señor Mendoza, use sus mejores dotes de actuación para mirarme con adoración, pero mantenga sus labios a una distancia segura de los míos. Mi boca no está incluida en su generoso paquete de bonificación.

—Es una lástima. Es un extra por el que habría estado dispuesto a pagar muy bien —murmuró, y por un microsegundo, su mirada bajó a mis labios con una intensidad que me hizo olvidar cómo respirar. Pero antes de que pudiera paniquear, Winston continuó—: ¿Cuál es la siguiente regla?

—Regla número dos: Límites profesionales inviolables —continué, tratando de que mi voz no temblara—. El domingo por la mañana, este simulacro se termina de manera definitiva. Volvemos a ser jefe y asistente. No quiero miradas extrañas en la oficina, no quiero comentarios ambiguos y, sobre todo, no quiero que confunda las cosas. Esto es una transacción comercial. Yo no soy una de las modelos con las que suele salir para ahogar sus penas.

La mención a sus citas pareció tensar ligeramente su mandíbula, pero la recuperó de inmediato, asintiendo con la cabeza.

—Entendido. Nada de confundir el trabajo con el placer. Créame, Charlotte, lo último que deseo es complicar mi vida laboral. Su eficiencia en la oficina es demasiado valiosa como para arruinarla con... tensiones sentimentales. ¿Y la tercera regla?

—Regla número tres: El presupuesto de guerra —dije, apoyando mis manos en la mesa—. Si voy a interpretar el papel de la mujer que logró hacerle olvidar a Mila, no puedo ir vestida con algo que compré de rebajas en el centro comercial. Necesito un vestido de diseñador, zapatos que cuesten más que mi alquiler mensual y joyas que deslumbren desde el otro extremo del salón. Y usted va a pagar cada centavo de ello.

Winston sonrió de una manera que me pareció peligrosamente atractiva. Sin apartar los ojos de los míos, metió la mano en el bolsillo interior de su americana, sacó su cartera de piel negra y extrajo una tarjeta de crédito brillante, completamente negra y sin relieve.

La deslizó lentamente por el mantel blanco hasta que rozó la punta de mis dedos.

—Úsela sin límites, Charlotte —dijo con voz baja y ronca, enviando un escalofrío de pura electricidad directamente a mi estómago—. Compre el vestido más espectacular que encuentre. Quiero que el sábado por la noche, cuando entremos por esa puerta, cada hombre en esa gala me envidie... y que mi exesposa se dé cuenta del gigantesco error que cometió.

Miré la tarjeta de crédito bajo mi mano. El peso de lo que acababa de aceptar se asentó de golpe en mi pecho.

Dios mío. Estoy jugando con fuego... y Winston Mendoza es un incendio forestal.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP