Esas personas se quedaron atónitas, incapaces de moverse de donde estaban. Mi mirada se dirigió finalmente hacia Mila, que se había puesto pálida y cuyo rostro y todo su cuerpo se habían vuelto tan blancos como una hoja de papel. Vaya, vaya… menuda estampa.«Cariño…», dijo Mila acercándose a su marido, con lágrimas en los ojos. El hecho de que se le hubiera estropeado el maquillaje, que el rímel le manchara la cara y que pareciera un auténtico desastre me dio ganas de echarme a reír. «Por favor, déjame explicarte…». Intentó agarrar a Winston por el brazo, pero él le apartó las manos de un tirón, como si su contacto le quemara.«No te atrevas a tocarme…», dijo con firmeza, apretando los dientes con frustración. Parecía sentir asco por su propia esposa.«Hermano…», el señor Mayer intentó abrir la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir nada más, Winston se abalanzó sobre él y le asestó un puñetazo en la cara.«¡Winston… para!», gritó Mila mientras se interponía con su cuerpo p
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