Recuerdos que arden.
Al fin llego al piso 25 y, tal cual esperaba, busco el departamento.
El hotel es tan refinado que parece que respiro lujo por todas partes; cada rincón huele a dinero, a silencio caro, a una calma que no pertenece al mundo real.
Toco suavemente la puerta y solo se escucha un silencio deprimente detrás de ella.
Hasta que, al fin, se abre.
—¡Querida, viniste! ¡Cuánto me alegro! —dice mi madre nada más verme.
La saludo con un abrazo breve y me acomodo en la butaca.
—Esto está muy bonito —suelto si