Demasiado fácil.
Cuando la oscuridad late como si pudiera respirar y las sombras se vuelven más densas, preparo todo con manos que ya no tiemblan.
Coloco el cuenco sobre el suelo y simplemente espero; sé que ella sabe, sé que el llamado no necesita palabras.
Como mandada a buscar, el aire se corta, como siempre, y siento cómo el tiempo se dobla y se estira hacia un plano que desconozco pero que ya no me intimida.
En medio de la nada aparece ella.
—Dime si al fin salvarás tu mundo —suelta nada más aparecer, con