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Capítulo 3: El Santuario del Deseo

 

El trayecto desde el salón hasta mi habitación fue un borrón de sensaciones eléctricas. Dominic no me permitió caminar; me llevaba en vilo, con mis piernas enredadas en su cintura y mis pezones rozando su pecho desnudo con cada uno de sus pasos firmes. El cuero del sofá había sido el aperitivo, pero el hambre que brillaba en sus ojos me decía que el banquete principal apenas comenzaba. Al entrar en mi cuarto, el aroma a vainilla y flores que siempre lo inundaba fue rápidamente sofocado por el olor a sexo, sudor y ese magnetismo masculino que Dominic desprendía.

Me dejó caer sobre el edredón de seda blanca. Me sentía pequeña, vulnerable y, al mismo tiempo, la mujer más poderosa del mundo bajo su mirada depredadora. Dominic se quedó de pie al borde de la cama, terminando de despojarse de su pantalón. Cuando la tela cayó al suelo, me quedé sin aliento. Ya lo había sentido contra mí en la sala, pero verlo así, a la luz de las velas que aún parpadeaban en mi mesita de noche, era otra cosa.

—Dios, Dominic… —susurré, recorriendo con la mirada su anatomía.

Su polla estaba completamente erguida, una columna de carne tensa y venosa que latía con cada una de sus respiraciones. Era impresionante, mucho más grande de lo que mi imaginación había alcanzado a proyectar en mis noches de soledad. La punta, ya humedecida por el deseo, brillaba bajo la tenue luz.

—¿Te gusta lo que ves, Cloe? —preguntó él con esa voz de barítono que me vibraba en el vientre—. Porque no voy a dejar un solo rincón de tu cuerpo sin reclamar esta noche.

Se subió a la cama, gateando sobre mí como una pantera. Sus manos, grandes y callosas, atraparon mis tetas con una urgencia que me hizo soltar un grito ahogado. Las apretó, moldeando la carne suave entre sus dedos, observando cómo mis pezones se ponían tan duros que parecían diamantes rosados.

—Tienes unos pechos hechos para mis manos —gruñó él, bajando la cabeza para lamer uno de ellos, rodeando la areola con su lengua caliente antes de succionar con fuerza—. Quiero verlos saltar mientras te follo, quiero que se pongan rojos por mi culpa.

—Entonces hazlo —le provoqué, arqueando la espalda, ofreciéndome más—. No me hables más como si fueras mi tutor. Sé el animal que ocultas bajo esos trajes caros.

Dominic sonrió de lado, una expresión cargada de malicia sexual. Me sujetó de los tobillos y me arrastró hacia el borde de la cama, dejándome las piernas colgando. Él se mantuvo de pie en el suelo, posicionándose entre mis muslos.

—Ponte a cuatro, Cloe —ordenó, su voz cargada de una autoridad que me hizo mojar las sábanas instantáneamente—. Quiero verte desde atrás. Quiero ver cómo mi polla desaparece dentro de ti mientras me suplicas por más.

Me giré sobre el colchón, apoyando las rodillas y los antebrazos. Me sentía expuesta, con el culo elevado hacia él, ofreciéndole mi intimidad más profunda. Escuché el sonido de su mano golpeando con fuerza una de mis nalgas, un azote seco que me arrancó un gemido de puro placer.

—Mira qué rosada te estás poniendo —dijo él, inclinándose para morder la piel de mi cadera mientras sus dedos se abrían paso entre mis labios húmedos—. Estás empapada, pequeña. ¿Tanto me necesitabas?

—Sí, maldita sea… métela ya, Dominic. No aguanto más —supliqué, hundiendo la cara en la almohada.

Sintió la punta de su polla presionando mi entrada, buscando paso. Estaba tan caliente que parecía quemarme. Entró lentamente, dilatándome, obligándome a ensancharme para recibir todo su grosor. Sentía cada vena, cada centímetro de su piel rozando mi interior. Cuando llegó al fondo, sentí un choque eléctrico que me hizo temblar de pies a cabeza.

—Eres tan estrecha… me vas a romper —masculló él, comenzando a moverse.

El ritmo era brutal. Dominic me agarraba de la cintura, sus dedos hundiéndose en mi piel como garras, mientras me embestía con una fuerza que hacía que la cama crujiera rítmicamente contra la pared. Con cada estocada, mis tetas rebotaban contra el colchón, y yo solo podía ver las sombras de nuestros cuerpos chocando violentamente.

—¡Oh, sí! ¡Deme más, Dominic! ¡Fóllame más fuerte! —gritaba yo, perdiendo cualquier resto de compostura.

—¿Quién es tu dueño, Cloe? —me preguntó, dándome otro azote que me hizo apretar mis músculos internos alrededor de él—. ¿Quién te está dando lo que tanto buscabas?

—¡Tú! ¡Solo tú! —respondí, girando la cabeza para intentar besarlo mientras él seguía dándome estocadas profundas que me hacían ver estrellas.

Se detuvo un segundo, solo para hacerme girar de nuevo. Esta vez me puso de espaldas, subiendo mis piernas sobre sus hombros. En esta posición, la penetración era aún más profunda, casi dolorosa de lo perfecta que era. Dominic agarró mis tetas, tirando de mis pezones mientras bajaba la mirada para ver cómo su polla entraba y salía de mí, cubierta de mis fluidos.

—Mírate —dijo él, con la respiración entrecortada—. Estás hecha para esto. Tu cuerpo se abre para mí como si fueras de porcelana, pero me aguantas como una guerrera.

Subió el ritmo, sus ojos fijos en los míos. Ya no había rastro del hombre serio de los negocios; solo quedaba el hombre que me estaba haciendo suya de todas las formas posibles. Yo sentía que el clímax estaba a punto de estallar. Mis paredes vaginales se contraían rítmicamente alrededor de su miembro, ordeñándolo, incitándolo a terminar dentro.

—Dominic, voy a… voy a correrme —gemí, cerrando los ojos con fuerza, sintiendo cómo el calor subía desde mis pies hasta mi cabeza.

—Hazlo conmigo —gruñó él, aumentando la velocidad de sus caderas, golpeando mi clítoris con cada movimiento—. Corréte para tu padrastro, Cloe. Enséñame cuánto placer puedes soportar.

En ese momento, el mundo explotó. Sentí una ola de éxtasis que me dejó sin aire, mis músculos se tensaron en un espasmo violento mientras gritaba su nombre. Segundos después, Dominic soltó un rugido animal, enterrándose en mí hasta el fondo, y sentí los chorros calientes de su semen llenándome, una sensación de plenitud que me hizo llorar de felicidad.

Se dejó caer sobre mí, su pecho sudado subiendo y bajando con fuerza contra mis pechos. Estábamos empapados, agotados, envueltos en el aroma de nuestra entrega.

—Esto es solo el principio —susurró él en mi oído, mordiéndome el lóbulo—. Te dije que serían cien noches, Cloe. Y no pienso desperdiciar ni una sola hora de oscuridad contigo.

Me acurruqué contra él, sintiendo su polla aún dentro de mí, relajándose poco a poco. Sabía que mi vida había cambiado para siempre, y no me importaba.

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