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Capítulo 2: El Idioma de la Piel

 

El roce del cuero frío del sofá contra la espalda de Cloe fue el último contacto con la realidad que tuvo antes de que el calor de Dominic la envolviera por completo. Él no la dejó ir ni un segundo; su cuerpo era una presencia imponente que la anclaba al presente, a la urgencia de sus manos y a la tormenta que rugía tanto fuera como dentro de ellos.

Dominic se separó apenas unos centímetros de sus labios, lo justo para mirarla a los ojos. Sus pupilas estaban tan dilatadas que el iris oscuro apenas era un anillo delgado. El hombre que siempre había sido el pilar de la disciplina y el control se estaba desmoronando ante ella, transformándose en algo primario.

—Mírame, Cloe —ordenó él con una voz que vibraba en el pecho de la joven—. Si seguimos, no hay lugar para el arrepentimiento mañana. No seré el hombre que te prepara el café en la mañana con indiferencia. Seré el hombre que te reclamó en esta sala. ¿Estás segura?

Cloe, con la respiración entrecortada y las mejillas encendidas, subió sus manos por el pecho de Dominic, desabrochando los dos botones siguientes de su camisa con dedos temblorosos pero decididos.

—He estado segura desde el primer momento en que te vi cruzar esa puerta hace tres años, Dominic —susurró ella, su voz ganando una confianza que solo el deseo puro puede otorgar—. Deja de hablar y demuéstrame que este fuego es real.

Dominic soltó un gruñido bajo y volvió a capturar su boca. Esta vez, el beso fue más profundo, exploratorio, una danza de lenguas que reclamaban territorio. Sus manos, grandes y expertas, bajaron por los costados de Cloe, delineando la curva de su cintura antes de subir hacia sus muslos. El vestido de seda se deslizaba con una facilidad insultante, revelando la piel pálida de la joven bajo la luz mortecina de las brasas.

—Eres tan malditamente perfecta —masculló él contra su cuello, mientras sus labios dejaban un rastro de besos ardientes hacia su clavícula—. Cada vez que te veía pasar, cada vez que escuchaba tu risa en la casa, tenía que recordarme a mí mismo quién era. Pero hoy... hoy no soy nadie más que un hombre que te desea hasta la locura.

Dominic metió sus manos bajo el borde del vestido de seda, subiéndolo lentamente. Cloe arqueó la espalda, soltando un gemido que se perdió en el siguiente trueno. El contraste entre la aspereza de las manos de él y la suavidad de su propia piel la hacía delirar. Cuando el vestido finalmente voló hacia algún rincón oscuro de la habitación, Cloe se sintió expuesta y, sin embargo, más poderosa que nunca.

Él se tomó un momento para contemplarla. Sus ojos recorrieron cada centímetro de su torso, deteniéndose en la lencería de encaje negro que ella había elegido esa noche casi con una intención profética.

—Sabías que esto pasaría —dijo Dominic, con una sonrisa ladeada que era pura tentación—. Te pusiste esto para mí.

—Tal vez quería ver si eras tan fuerte como aparentabas —retó ella, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de él, obligándolo a bajar de nuevo.

Dominic no esperó más. Sus manos se cerraron con firmeza sobre sus caderas, atrayéndola hacia él de un tirón, eliminando cualquier espacio restante. Cloe pudo sentir la rigidez de su deseo contra su vientre, un recordatorio físico de que el punto de no retorno había quedado atrás hace mucho tiempo. Él comenzó a despojarse de su propia camisa, revelando un torso ancho y marcado por el tiempo y el ejercicio, una anatomía de fuerza que Cloe comenzó a explorar con sus uñas, dejando leves surcos rojos sobre su piel.

—Dominic... por favor —suplicó ella cuando los labios de él encontraron la curva interna de su muslo.

—No me pidas que me apresure, Cloe —respondió él, su voz era un murmullo profundo entre sus piernas—. Hemos esperado demasiado. Quiero saborear cada segundo de tu rendición. Quiero que mañana, cuando camines por esta casa, cada rincón te recuerde a mis manos sobre ti.

El juego previo se convirtió en una sinfonía de sensaciones. Dominic fue meticuloso, usando su boca y sus dedos para llevarla al borde del abismo una y otra vez. Cloe se retorcía bajo él, sus dedos enredados en el cabello oscuro de Dominic, soltando nombres y promesas que solo el éxtasis conoce. El aroma del sexo y el perfume de ella se mezclaban con el olor a lluvia y ozono que entraba por la ventana entreabierta.

Cuando Dominic finalmente se deshizo de lo último que los separaba, el silencio en la habitación se volvió sepulcral, solo roto por sus respiraciones agitadas. Él se posicionó entre sus piernas, sus brazos sosteniendo su propio peso mientras la miraba con una intensidad que quemaba más que el fuego de la chimenea.

—Dilo —susurró él—. Di que me quieres a mí. No al hombre que cuida de ti, sino al hombre que te va a poseer.

—Te quiero a ti, Dominic —gimió ella, con los ojos empañados por la necesidad—. Te quiero ahora.

Él entró en ella con una estocada lenta y profunda, un movimiento que los hizo gemir al unísono. Fue una unión que se sintió como una colisión de destinos. Cloe envolvió sus piernas alrededor de su cintura, incitándolo a ir más rápido, a llenar cada vacío que la soledad y la contención habían dejado en ella. Dominic respondió con un ritmo posesivo, cada empuje era una declaración, un sello de propiedad que ella aceptaba con cada exhalación.

—Maldita sea, Cloe... —Dominic enterró su rostro en el hueco de su cuello, su respiración quemándole la piel mientras aumentaba la intensidad—. Eres mía. En esta casa, bajo esta tormenta... eres completamente mía.

—Y tú eres mío —replicó ella, encontrando el ritmo de él, moviéndose en una armonía perfecta que solo la química más pura puede lograr.

La sala de estar se convirtió en su santuario. Los relámpagos iluminaban sus cuerpos entrelazados en destellos de color plata, creando sombras largas que danzaban en las paredes. El placer creció hasta volverse insoportable, una marea que amenazaba con ahogarlos a ambos. Cloe sintió que el mundo desaparecía, que solo existía la fricción, el calor y el hombre que la sostenía como si fuera lo más valioso y lo más prohibido del mundo.

Cuando el clímax finalmente los alcanzó, fue como una explosión silenciosa. Cloe gritó el nombre de Dominic mientras se aferraba a sus hombros, sintiendo cómo cada fibra de su ser vibraba en sintonía con él. Dominic se tensó, sus músculos se volvieron de piedra mientras se entregaba por completo a ella, llenándola de su calor y de su esencia, en una entrega que marcaba el final de una era y el comienzo de algo mucho más peligroso.

Minutos después, el único sonido era el de la lluvia, que ahora caía con una suavidad melancólica. Dominic permanecía sobre ella, su peso era un consuelo necesario. Le apartó un mechón de cabello sudado de la frente y le dio un beso tierno, un gesto que contrastaba con la ferocidad de hace unos instantes.

—Ahora ya lo sabes —dijo él, su voz volviendo a ser la de un hombre que controla su mundo, pero con un matiz de posesividad eterna—. Ya no hay vuelta atrás, Cloe.

Ella sonrió, agotada y satisfecha, refugiándose en su pecho.

—No quiero volver atrás, Dominic. Nunca.

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