La noche en la que Erik Hill decidió que era hora de atacar a los Leopardo, el aire estaba cargado de tensión. En su lujosa oficina, rodeado de mapas y fotos de sus enemigos, Erik sonrió con satisfacción. Había tejido una red de traiciones y alianzas que le permitirían destruir a Raffil y Federico de una vez por todas. Su plan era astuto: levantar una guerra abierta entre los mafiosos que operaban en la ciudad, usando sus propios secretos en su contra.
__“Vamos a hacer que se enfrenten entre el