Mis dedos se estaban entumeciendo alrededor de la muñeca de Kael. El peso de su cuerpo casi me arrancaba el hombro, cada latido un recordatorio de que sostenía la vida del hombre que había matado a mis guerreros.
*Suelta al hijo de puta,* rugió Lira en mi cabeza. *¡Hazlo ahora!*
Kael colgaba sobre el abismo, sus ojos azules estaban fijos en mí. No había miedo en ellos, solo una pregunta silenciosa.
—¿Vas a soltarme, Chiara? —su voz era calmada, demasiado calmada para alguien al borde de la muer