La habitación estaba envuelta en penumbras suaves, iluminada solo por la lámpara de noche. El contraste entre la frialdad del mármol del baño y la calidez de aquel cuarto enorme la hizo sentirse aún más expuesta. Abby salió con su pijama de algodón, abrazándose a sí misma como si eso pudiera darle seguridad. No esperaba la mirada de Evan, fija, intensa, recorriéndola de arriba abajo con una calma peligrosa. —No —dijo él, tajante. Ella lo miró, confundida. —¿Qué… qué cosa no? —No dormirás con es