Marco caminaba de un lado a otro dentro del pequeño apartamento de seguridad. Llevaba horas sin dormir, mordiéndose las uñas, con la pistola sobre la mesa.
—Vamos, Margaret… —murmuraba—. Dime que lo lograste, dime que estás viva.
Un ruido en la cerradura lo hizo girar de golpe, apuntando con el arma.
La puerta se abrió lentamente.
Allí estaba ella. Descarza.
Marco sintió que el alma regresaba a su cuerpo y, al mismo tiempo, que el corazón se le rompía en pedazos.
Margaret se apoyaba en el marco