Cuando Abel abrió los ojos, aún aletargado, sintió el cuerpo desnudo de Isabella moviéndose sinuosamente sobre su pelvis, ella gemía de placer y excitación, mientras sus pechos se bamboleaban de arriba hacia abajo al ritmo de sus caderas. Como pudo, él la tomó de la cintura con fuerza obligándola a detenerse y haciendo que la mujer se levantara de su regazo.
—¿Qué haces, por favor? —preguntó aturdido por el somnífero.
—¿Qué hicimos? Querrás decir, Abel. —dijo mirando directamente hacia su pe