El hecho de tener que viajar esa misma noche a Milán, obliga a Abel a tener que buscar la ayuda de la única persona en la que puede contar, a pesar de todo, Salvatore. Le llama para pedirle que vaya a su casa esa misma tarde.
Serena aunque sigue bastante dolida, trata de levantarse y apoyar a su hijo. Aquella noticia de su pronta partida a Milán, la deja un tanto nerviosa.
—¿Por qué debes irte tan apresuradamente, hijo?
—El sacerdote compró los pasajes, madre. Por cierto, voy a pedirle a