Mientras Marla retornaba a la ciudad, Abel estaba en su habitación exhausto del primer día de la procesión. Pero además del cansancio físico, el cura se sentía confundido y abrumado por aquel pensamiento recurrente que no lo abandonaba ni un instante. La imagen de Marla no salía ni por un segundo de su cabeza, mucho más después que la viera con Salvatore y que éste le dijera que irían de paseo en el yate del magnate Jerónimo Caligari.
Para Abel, escuchar hablar sobre ese hombre era repugnante