Cuando finalmente Abel logró perder de vista a Marla, sintió un profundo alivio dentro de su pecho. Desde aquella mañana que estuvo frente a ella, que vio sus labios húmedos y suaves cerca de sus dedos, su rostro quedó retratado en su memoria como un tatuaje indeleble. Nunca había mirado sus ojos, ni la finura de sus facciones, realmente era una mujer hermosa pero más allá de ello, Abel se sentía envuelto en un hechizo difícil de romper.
Desde el momento que el se sentó en el asiento del avión